viernes, 11 de marzo de 2011

Cosas que no voy a extrañar de Chile, segunda parte: Los cajeros automáticos sin plata

Llegué corriendo al cajero: iba tarde para mi clase de inglés, que debía pagar al terminar, y por supuesto, no tenía plata. Encontrar más de mil pesos en mi billetera es digno de una medalla: no me gusta cargar con efectivo. Mientras tenga mi Bip! y mi mejor amiga (que se llama Visa y tiene una palomita holográfica en la superficie), todo bien.

Haciendo malabarismo con los dos tirantes de la cartera, la bolsa con los “tapper” de mi almuerzo y el bolso que me compré para acarrear el libro de inglés (que parece una biblia y pesa como un ladrillo), saqué la billetera y extraje la tarjeta de Redbanc.

Que el cajero la lea es otro cuento: Está tan carreteada que los cajeros más nuevos (Esos del BCI donde hay que retirar la tarjeta antes de empezar a operar), no me la leen porque son más sensibles. La banda magnética se parece más a la huincha de pólvora de las cajas de fósforos que a una tarjeta decente. El problema es que en el banco me cobra $1.290 por reemplazarla "por fatiga de material", y darla por perdida me cuesta más caro (como $3.000), así que me niego a pagar mientras pueda operar en un cajero antiguo y menos sensible.

Metí la tarjeta en la ranura y una vez que la reconoció (aleluya!), seguí las instrucciones. “Ingrese su clave”. Tecleé sobre los botones. Seleccioné “Cuenta corriente”, “Giro”, “Otro Monto”, y volví a teclear la cifra que quería. Siempre hago esto, porque me gusta escribir la cantidad de plata que necesito y no seleccionar las alternativas que me da el menú, bien ordenaditas y en múltiplos de 10 mil, no sé por qué.

“¿Desea impresión del comprobante?”. Selecciono que no, por supuesto. No estoy en condiciones psicológicas de conocer las dimensiones de mi sobregiro, producto de las clases de inglés. No me sobregiro nunca-nunca, pero este mes entre la inscripción para el TOEFL y el pago de mis clases me tiene pidiéndole al cajero que no me extienda el recibo de mi operación, como si con eso pudiera no cavar un poco más profundo en el agujero de mi línea de crédito.

Y entonces, solo entonces, después de todo este proceso, el cajero se digna a contarme que en el fondo, está como yo: sin plata. En la pantalla aparece un mensaje que me cuenta que “en este momento no es posible realizar giros desde este cajero automático”.

¿Y por qué cresta no parte por ahí? Me hace meter mi tarjeta, digitar mi clave, decirle que quiero que me de plata, ingresar cuánta plata quiero, y pedirle que no me muestre la magnitud de mi catástrofe financiera. Cinco pasos totalmente inútiles!

Podría habérmelos ahorrado diciendo que no tenía plata cuando seleccioné la opción de giro. ¿Quién programa la secuencia de estas máquinas infames? Ahora tendré que correr a otro cajero de los antiguos antes de ir a mis clases!

Segunda cosa que no voy a extrañar de Chile: los cajeros automáticos sin plata.

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