lunes, 7 de marzo de 2011

Cosas que no voy a extrañar de Chile, Primera parte: El metro lleno en hora punta

Me subí al metro después de todo el mundo, porque no estoy dispuesta a pegar un codazo o a que me peguen uno, solo por alcanzar un asiento. Siempre me ha impresionado el efecto de la hora punta sobre la gente.

Quedé parada junto a la puerta del fondo, la que no se abre dado que mira hacia la línea. Al cabo de unas pocas estaciones, el vagón parecía una lata de sardinas: yo luchaba por mantenerme afirmada del pasamanos, por sacarme de la cara el pelo de la señora que iba parada delante de mí, y porque no me pisara el adolescente que estaba parado a mi lado, con unas zapatillas gigantes y escuchando walkman a volumen de discoteca.

De repente, sentí que me faltaba el aire, y mi visión empezó a nublarse: miles de puntitos blancos se empezaron a interponer entre mis ojos y el letrero de la estación Gruta de Lourdes, que estaba mirando por la ventana. Lo último que vi a través de los puntitos fue cómo mi mano se soltaba del pasamanos, en contra de mi voluntad. En lugar de un "blackout", fue un "whiteout".

Desperté un par de segundos después, porque sólo habíamos avanzado una estación. El metro estaba tan lleno que no alcancé a tocar el suelo: estaba afirmada por la espalda de un señor, y por el costado, la señora del pelo en mi cara me sostenía con ambas manos.

El despertar fue plácido, así como cuando uno despierta de una siesta en verano, en una habitación llena de sol. Pero cuando me di cuenta de lo que había pasado, me asusté y me puse nerviosa.

-¿Estás bien? ¿Te sientes bien? ¿Estás mareada?
-¿Estás embarazada? - Me preguntaban todos.

Una señora que estaba al medio del pasillo me llamó porque alguien me había cedido su asiento.

Caminé aún asustada y me senté. Otra señora me alargó la mano con lago que a primera vista no distinguí, “es un dulce”, me dijo ella. Y lo tomé, le saqué el envoltorio y me lo comí. El azúcar en el sistema comenzó a hacer efecto y de a poco me sentí mucho mejor.

Tres estaciones después me bajé del metro, aún un poco aturdida por el desmayo. Nunca antes en la vida me había pasado algo parecido.

El metro en hora punta, una de las cosas que de seguro no voy a extrañar cuando esté en Konstanz, Alemania, una ciudad pequeña, con no más de 15 mil habitantes, y sin metro!

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