viernes, 4 de marzo de 2011

Comer, vivir, amar

En mi niñez y adolescencia fui la gordita simpática del colegio, y la matea. Larousse, me decían, por lo sabihonda y los kilos extra.

Me reía por las tallas que me tiraban cuando en el fondo me cargaba ser gordita. Popular nunca fui, pero por suerte el amor nunca me fue esquivo.

Cuando entré a la Universidad bajé 8 kilos en un semestre, entre el stress y la correría de una clase a otra sin tiempo para comer, y me puse grave. Me paseaba por el patio de la facultad con dos (no uno!) libros de Milan Kundera debajo del brazo, sintiéndome superior por ser una chica C3 que se ganó una beca, a punta de esfuerzo, en la mejor universidad del país. Ahora me doy un poco de risa, la verdad.

En ese tiempo terminé con mi pololo de toda la Enseñanza Media para empezar a pololear con el que sería el pololo de toda la Universidad, quien como yo, se paseaba por el patio de la Facultad de Ingeniería con un par de tratados de álgebra, sintiéndose también un poco superior. Two of a kind, dicen los gringos.

Cuando terminé la Universidad terminé con este pololo –me terminó él, para ser honesta -, y volví a bajar de peso. Entre el nudo en la garganta, las lágrimas y las puteadas que le eché, bajé como 4 kilos en un mes. Después me fui a Perú a estar lejos y recuperar algo del peso perdido a punta de ají de gallina y causa limeña.

Después vino un tiempo nebuloso: algunos pinches, algunos pololos, nada muy serio. Subidas y bajadas de peso nada dramáticas pero sí muy constantes, hasta que igual que mi ánimo, alcanzó un punto de equilibrio cerca de los 25 años, cuando me compré un depto y me fui a vivir sola.

Ahí hubo algunas relaciones más importantes, pero nada prometedoras. 5 años se me pasaron como un suspiro, estudiando un par de diplomados y un Magíster, y usando la misma talla de pantalón. Cumplí 30 y sentí que era joven, que me iba bien en la pega, pero que salvo mi familia, no tenía nada que me atara a Chile. Y me sentí libre y se me ocurrió la loca idea de irme a estudiar al extranjero.

Y mientras más lo pensé, más lógico me parecía, así que arrendé el depto, me fui a vivir donde mis papás para ahorrar plata, y escogí España como destino. Incluso tenía un Master en la mira.
Y justo en ese momento, cuando sentí que todo lo tenía armado y decidido, que el camino era claro y sólido, apareció él. El rucio. Y todo se desordenó, voló por los aires pero encajó perfecto al caer, con las nuevas piezas del rompecabeza s: él adora Alemania, y yo estaba pensando en irme de Chile a estudiar fuera. Nos enamoramos violentamente y sin remedio. Una relación a distancia no resiste más de un año. Alguien tiene que jugársela. Y como saben, me voy a estudiar a Alemania a fin de año.

Hoy mi jefa me dijo que estoy más flaca, y parece que es verdad: los pantalones de años anteriores me piden cinturón. Y claro, si reflexiono, entre la pega, los trámites para la visa, la postulación y el próximo viaje que haré a Alemania para verlo, ando corriendo y tengo poco tiempo de comer.

Quién sabe, quizás en Alemania tendré ocasión de recuperar parte del peso perdido, a punta de Pumpernickel (un pan de centeno que me encanta), comidas deliciosas y repostería.

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