viernes, 11 de febrero de 2011

Los chinos

Ayer, después de la oficina, pasé a comprar comida china. Era tarde y yo tenía una mezcla de cansancio por un día lleno de cosas, hambre, debido a mi almuerzo poco abundante, y frío, por culpa de esta lluvia inusual que tanto me recuerda al verano alemán.

Entré al pequeño restaurant sólo para llevar, que queda a unas pocas cuadras de mi casa. En él tres chinos que al parecer eran el abuelo, el padre y el hijo, conversaban en su idioma.

El más viejo de los tres estaba sentado en la caja, y los otros dos, acomodaban cajas de carne y pollo en la cocina.
-¿Qué se va lleval?-me dijo el abuelo, con una sonrisa
-Un chapsui de ave y un arroz chaufán-le dije
-Tles mil tlesiento peso-me dijo él.
Despreocupadamente, saqué un billete de cinco mil de mi billetera, y se lo pasé
-¿Tiene tlesiento?-me dijo
Y mientras buscaba en mi billetera contando las monedas de diez y de cincuenta para llegar a la cifra, me sorprendí de la habilidad del chino para conocer la plata chilena, siendo que por cómo hablaba español debía estar hace poco en el país.

Mientras le pasé los trescientos pesos en monedas, le pregunté
-¿Hace cuánto que está en Chile?
-Sei mese-me dijo- Hijo tlabaja aquí y mandó buscar

Desde adentro de la cocina, el chino adulto asomó la cabeza y me sonrío
-Mucho tlabajo en Chile, papá vivía solo en China, así que tenía que venil- dijo con un mejor español.
-Chapsui pollo y aló chaufá-le dijo el abuelo, repitiendo mi orden

Entonces el adulto le habló en chino al joven, quien le contestó en el mismo idioma.
-Hijo no habla nada- me contó el padre- Llegó una semana
-¿Cómo se vienen a Chile si no hablan nada? ¿Cómo lo hacen con la plata?-le pregunté sorprendida
-Plata fácil- dijo el abuelo mientras me pasaba los dos mil de vuelto-Español aprende. Familia ayuda.
-Sí, plata e fácil. Y en Chile la gente no estafa a chino. Uno tlabaja aquí, hace sus “lucas”-me dijo el adulto.

Entonces, desde la cocina, salió el hijo: no tenía más de 20 años, usaba lentes, era gordito y parecía un poco tímido. Me pasó dos cajas de aluminio con mi pedido e hizo una breve y rápida reverencia, como se estila en oriente. Yo hice lo mismo al recibir mi comida, y él me sonrió.

Me despedí amablemente de los chinos y caminé hacia mi casa pensando en lo valientes y aperrados que eran ellos: se vienen a un país casi sin saber el idioma a instalar pequeños negocios que les permitan prosperar y traer a su familia para ayudarlos.

Y pesné también que cuando yo me fuera a Alemania tenía que ser igual de aperrada que ellos, confiando en que aprenderé el idioma y en que mi familia –es decir, el rucio- me va a ayudar. Creo que en el futuro me acordaré muy seguido de estos chinos emprendedores.

2 comentarios:

Sebastián dijo...

Siempre es un placer leer tus historias... Y más ahora que antes, ya que ahora están cargadas de emociones lindas, de amor y esperanza para los proyectos que se vienen.

Muchísimo éxito y no dejes de escribir por acá, que tanto mi esposa y yo, disfrutamos leyendote... en especial estanto lejos de Chile.

Abrazos.

Bárbara dijo...

Gracias Sebastián! Me alegra que me lean allá!!!! Un abrazo y mucha suerte :-)