jueves, 3 de septiembre de 2009

Martes en la noche

Tercer acto: El Ciudadano

Y ahí figuraba yo, sentada en El Ciudadano, comiendo pizza y riéndome a morir con esta gente que acababa de conocer.
“Parece que era verdad aquello de que estaba demasiado encerrada”, pensaba, constatando los hechos de mi vida. Los dos años anteriores estuve a full con el magíster, y claro, como me cuesta una enormidad distinguir la línea que separa lo suficiente de lo innecesario, me metí de cabeza en el estudio, fui la mejor alumna y me fue estupendo, pero a un costo altísimo: sacrificar la vida social en el altar del enchulamiento del currículum, lo que a mis 29 años y soltería crónica era casi llenar el formulario de solicitud de ingreso a las monjas carmelitas.
Y ahora, que estoy haciendo la tesis, un poco más relajada porque elegí trabajar a mi ritmo, con plazos holgados y realistas, tengo tiempo para más cosas. Como la natación y la vida social, y ciertamente, me gusta demasiado esta nueva etapa de mi vida.


Segundo acto: “Perdonen el olor a cloro”

-Nunca creí que nos dirías que bueno- se rió uno de mis vecinitos del departamento, sentado junto a mí en el auto de la polola de mi otro vecino (sí, todos de la comunidad Melrose Place que resultó ser el piso 9 del edificio donde vivo)- siempre te invitamos a salir y nunca querías.
-Sí, es verdad, pero ahora que ya no estoy en clases del magíster ando más relajada con mi tiempo- le dije
-…y más deportista- agregó mi otro vecino desde el asiento del copiloto.
A las pocas cuadras se nos unieron dos amigos más, al parecer ex compañeros de colegio de mi amigo emparejado, con quienes han hecho un grupo bastante entretenido de salidas semanales, al que así como van las cosas, voy derechito a pertenecer.
Entramos al Ciudadano y habían tres personas más, una pareja, compañera de trabajo de la novia de mi vecino, y otro sujeto, que nunca supe bien de dónde venía. Repaso de la situación: sólo conocía a dos de las 8 personas de la mesa. Entonces, apliqué la técnica infalible para estos casos, ser graciosa:
-Oigan, perdonen el olor a cloro y la chasca de loca, pero vengo de natación-, les dije.
-Bueno, al menos nos queda claro que estás limpiecita!- dijo uno de los desconocidos y así, empezó una noche demasiado entretenida y completamente improvisada de reinserción a la vida social.


Primer acto: “denme 5 minutos”

Venía con el pelo todavía un poco mojado, el gorro de la parka puesto, las piernas medias tiritonas y el bolso pesadísimo a causa de las toallas mojadas y los miles de bártulos que siempre me prometo que dejaré en la casa pero que igual termino llevando a la piscina.
Nunca fui deportista pero esto de la natación me agarró fuerte, no solo porque noté las piernas y brazos más torneados al poco tiempo de comenzar, sino porque de verdad es estupenda para botar las tensiones de pegas estresantes como la mía.
Cansada, chascona y añorando mi cama, doblé en la esquina cuando me topé, frente a frente, con mis dos vecinos.
-Mira, por eso no salía cuando tocábamos el timbre.-dijo uno-Vamos con unos amigos a comernos unas pizzas, vamos?
-Ay, es que vengo de natación, estoy super cansada
-Ya, pero un ratito
Y recordé que tengo sobregirada al límite mi cuenta corriente de la vida social, de tanto hacer avances en efectivo y transferencias en línea al APV del estudio, que necesito salir más, conocer más gente y retomar la vida que tenía antes del magíster.
-Ya!- les dije-, pero denme 5 minutos. Subo a colgar el traje de baño, a peinarme un poco y bajo.

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